domingo, 29 de diciembre de 2013

Reportaje Gastronomía musulmana


HALAL: La carne permitida


- ¿Tienes cerdo?
- Aquí no se vende cerdo, señora. En ese puesto que ve allí puede encontrarlo sin problemas
Este es el diálogo habitual que se escucha en el puesto de Mamadu Djitte, el único establecimiento cárnico regentado por un musulmán en el Mercado Central. Mamadu, como también reza el cartel de su puesto, es un senegalés que lleva en Zaragoza 20 años, pero que a pesar de su larga estancia en la capital, no ha perdido sus pequeñas muestras de acento francés. Como buen musulmán, tiene prohibido comer cerdo, y por esa razón, tampoco lo vende en su tienda. Sin embargo, según el Corán, se le permite comer otro tipo de carne, siempre y cuando sea halal –lo permitido, autorizado, saludable, ético o no abusivo--. El libro sagrado establece que los animales deben ser sacrificados a manos de un matarife musulmán en dirección a la Meca y nombrando a Alá. Además, los animales deben ser degollados para evitar su sufrimiento. “En los tiempos de Mahoma, se probó matar a un animal de la manera tradicional y otra con el rito halal. Se vio que la carne del segundo olía menos y duraba una semana más”, aclara Mamadu. Esto se debe a que se deja que los animales se desangren.

Jamal cuenta con una gran clientela española. E.S
Aunque la mayoría de los que compran en carnicerías como la de Mamadu provienen de países orientales --sobre todo árabes--, también hay clientes de otras nacionalidades, como senegaleses – el 84% de la población es musulmana-- o rumanos.  Pero algunos españoles también sienten curiosidad por la cultura musulmana. “Tengo dos amigas españolas que siempre vienen a mi carnicería. Les encanta la carne halal por su sabor, en realidad sale más buena que la otra”, afirma Jamal Bahman, propietario de un negocio de alimentación en la Calle San Blas desde hace seis meses, y que parece no encontrar la estabilidad económica de su establecimiento. “Dónde yo trabajaba antes, la gente gastaba hasta 100 euros por compra en un día, y ahora me piden dos euros de carne picada, y se marchan”, confiesa Jamal. Y añade: “hay gente que me dice que va a pagar a final de mes, y luego ni aparecen.”

Quizás sea una coincidencia que este establecimiento, cuyo número de ventas es muy reducido, sea el único que no certifique sus productos como halal. “Sólo vendo carne halal. Conozco a un chico que mata a los animales, él me dice que es halal y yo confío, y la gente también lo hace. No tengo certificado, esto es así.”


Mohamed es estipuloso con el control de garantía. E.S
A dos pasos de su tienda, se encuentra la carnicería de Mohamed Messaoudi. Al entrar en su establecimiento, se percibe un olor extraño, una mezcla entre especias y carne, difícil de distinguir. Detrás del mostrador, justo al lado de la máquina picadora de carne, un gran mapa de Aragón llena la pared. De espaldas, un señor de mediana estatura, nos recibe con una amplia sonrisa y una gran amabilidad. Lo que más llama la atención es que, al preguntarle por su carne, muestra a toda velocidad el certificado halal de sus productos: un legajo de papeles que tiene siempre a mano para enseñar a sus clientes. “Yo puedo demostrar que mi carne ha sido sacrificada según el rito halal. Estos papeles me los envían de Huesca, y siempre los tengo cerca.” El certificado de conformidad halal lo elabora el departamento de Junta Islámica de España, que pertenece al Instituto Halal. “Se otorga el presente certificado de producto a la empresa Matadero de Huesca S.L, reconociendo el proceso de sacrificio de ovino y caprino halal”, puede leerse en una de las hojas, tanto en español como en árabe. Sobre todos sus productos, Mohamed coloca una pegatina de garantía, que certifica el tipo de carne, el número de licencia, el sexo del animal y la fecha de sacrificio, y lo más importante, que cumple todos los requisitos del Corán para que los musulmanes puedan ingerirla.

Certificado de garantía Halal. E.S
Además de Huesca, la carne que reciben estas carnicerías proviene de Gijón, Lérida y Francia. Pero, uno de los principales mataderos de España es Mercazaragoza, donde el año pasado se sacrificaron 55.645 animales por el rito halal: 53.107 cabezas de ganado ovino, y 2.538 de ganado vacuno. Esta empresa cuenta con dos trabajadores musulmanes – un argelino y un senegalés—que llevan a cabo estos sacrificios.

Pollo con etiqueta halal. E.S
A pesar de que una veintena de carnicerías zaragozanas venden este tipo de producto, no toda la carne sacrificada – un 12% del total del ganado del matadero zaragozano—se queda en casa. una de las principales razones por la que esta empresa firmó un convenio en 2010 con la Comunidad Islámica de Zaragoza fue, además de la demanda de la población musulmana, el beneficio económico que podía obtener por la exportación de este producto al extranjero, sobre todo a Dubai, Francia e Italia. “A nosotros nos cuesta vender la carne en nuestra tienda, pero sabemos que Mercazaragoza hace negocio con esto, y vende la carne a países como Qatar, porque su carne no tiene la misma calidad que aquí. También le venden a Francia, porque es uno de los países con más musulmanes de Europa”, cuenta Mohamed Latreche.

Este marroquí procedente de Casablanca, tiene a su cargo junto a su mujer, un pequeño comercio de ultramarinos frente al Teatro del Mercado. Este matrimonio con nacionalidad española lleva 14 años en Zaragoza, y tiene tres hijas de 10, 13 y 18 años.  “Las dos niñas no pueden comer en el comedor del colegio porque no hay menús halal”, explica indignada Fátima Elamri, mujer de Mohamed y propietaria del local. Y es que, aunque se ha conseguido que en muchos menús se retire el cerdo, todavía es imposible encontrar carne halal en los comedores. Muchos musulmanes se quejan, ya que no es un problema de acceso a la carne sino de falta de interés por parte de los colegios. La petición se ha trasladado al Gobierno de Aragón en un par de ocasiones, pero sin éxito. Este no es el único problema al que se enfrentan las hijas de este matrimonio, la mayor de ellas sufre racismo por parte de sus compañeros de clase, pero eso es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

Por el contrario, Fátima es el claro ejemplo del triunfo de una mujer musulmana inmigrante en un país europeo. En lugar de quedarse en casa limpiando o cocinando, toma las riendas de su tienda, y se coloca detrás del mostrador para sacar adelante el negocio que les da de comer. “No es frecuente ver a mujeres trabajando como carniceras porque hay que coger grandes pesos, ya que hay gente que se lleva a casa las piezas enteras. Yo quiero luchar por el futuro de mis hijas y no me quiero quedar en casa, aunque sé que si estuviera en mi país, sería lo que haría, como la mayoría de mujeres”. Una señora de unos 60 años entra en la tienda y compra un kilo de naranjas, y no se sorprende tanto del bajo precio de la fruta, sino del hecho de que sea una mujer quien le atienda. “En todas las carnicerías de esta zona, sólo hay hombres. En ningún establecimiento musulmán se suele ver a las mujeres trabajando”.

ESTRELLA SETUÁIN
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En profundidad: Explicación sobre qué es el halal Understanding Halal Certification Schemes (Part 1 - 12 complete) de Q Society of Australia Inc.



jueves, 26 de diciembre de 2013

Opinión sobre la Islamofobia


ISLAMOFOBIA: ¿acepta España el Islam?


Subo las escaleras del metro que me conducen a la superficie. Pongo mi primer pie en  el barrio londinense de Mile End y ya puedo ver la asombrosa diversidad cultural que habita en la ciudad.
Me encuentro dentro de una masa de personas que camina con paso firme hacia la parada de autobús más cercana a la estación. Entre ellas predominan los saris, velos, turbantes, chilabas y burkas que caracterizan a esta zona del este de la inmensa ciudad. Llego a la parada. Viene el bus. Subo a él junto con la masa de población islámica.

Escucho la conversación de una mujer con hiyab (velo islámico) y su marido hablando sobre su día en el trabajo. Más adelante un niño agarra la túnica de su padre llorando, pidiéndole ir al parque. Dos niñas con rasgos árabes vestidas de uniforme, una de ellas con velo, se quejan de uno de sus profesores. Lo pienso, y no. No existe diferencia. Nunca me he sentido diferente. Yo fui esa niña que lloraba, esa chica con uniforme y puede que algún día sea esa mujer que habla con su marido sobre su día en la oficina. ¿Por qué la sociedad se empeña en señalarlos, en prejuzgarlos, en acribillarlos?

Bajo del bus. Llego a mi casa. El olor a curry despierta mi apetito. Mi vecina, una mujer pakistaní de gran amabilidad me saluda sonriendo desde la ventana mientras cocina. Entro a mi casa, me tumbo en la cama y mirando el techo pienso.

Mi mente vuelve a España y se detiene en conversaciones pasadas. “Los moros son unos machistas”. “Son unos fanáticos terroristas”. Me entristece haber tenido que verme envuelta en conversaciones de este tipo y me sorprende al mismo tiempo pensar que ninguna de las personas a las que escuché emitir este tipo de afirmaciones ha tenido relación alguna con personas islámicas. ¿Hasta qué punto tienen derecho a juzgarlos si no saben cómo son en realidad? Pienso en mi compañero de trabajo, un chico egipcio de 23 años. En mis jefes, también egipcios. En mi compañera y amiga marroquí. En gran parte de mis amigos en Londres, árabes y musulmanes. Jamás he visto un atisbo de machismo o fanatismo en sus actitudes. Jamás. Siempre todo lo contrario. Mis experiencias con personas musulmanas ha sido siempre positiva.

Mi experiencia en Londres me ha enseñado que la religión y la cultura son partes  inherentes en todo ser humano. Cada cual tienes las suyas. Mi amigo Said no come cerdo, reza cinco veces al día, y no bebe alcohol. Mi abuela va todos los domingos a la Iglesia, reza todas las noches y siempre porta una cruz colgada al cuello.

El desconocimiento sobre la cultura islámica es causa de uno de los males más terribles de nuestros tiempos: la islamofobia. ¿Existe algo peor que un odio común hacia toda una cultura? Abrimos un periódico y podemos ver la palabra islamismo acompañada de “terrorismo” o “fanatismo”. Me entristece darme cuenta de cómo año tras año la influencia de los medios ha ahondado en la incultura de la sociedad dando pie a la creación de un estereotipo nefasto sobre concepto musulmán.

Desearía que la sociedad se diera cuenta de que aunque existan países musulmanes en los que predomina el fanatismo religioso, no todos los países islámicos son así, y que personas islámicas que viven en estos países radicalizados tienen que sufrir día tras día sus imposiciones, casi nunca por voluntad propia. Todo poder que se ejerza desde un punto de vista religioso será igual de fanático, como sucedió hace años en nuestra cultura con el cristianismo, sin ir más lejos. Esto es claro ejemplo de que el problema no es la religión en sí, si no el cómo se ejerza y el cómo se practique. Una persona creyente que profesa su fe, siendo coherente con ella misma merece todos mis respetos. No es justo que estas personas, que deciden combinar su día a día con un pensamiento religioso o que eligen seguir practicando las tradiciones de su cultura acaben pagando por culpa del fanatismo de unos pocos.

Mi móvil suena despertándome de mis pensamientos. Es mi amiga Sanaa, de nacionalidad egipcia, vive con su madre divorciada en Londres desde hace cinco años. Emocionada me explica que la han aceptado en la universidad que deseaba.  Va a estudiar ciencias políticas. Y sí, es mujer, y además musulmana.

Sara Piquer Martí


 Vídeo sobre la islamofobia en la Unión Europea